La vida, el matrimonio y la educación no son negociables
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Se puede sonreír en las tempestades
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Chesterton decía: “Quienes hablan en contra de la familia no saben lo que hacen, porque no saben lo que deshacen, pues la familia es la primera condición de vida buena, algo así como el aire, el agua, la luz y la tierra que necesita cualquier humano para sobrevivir.”

Cuando leí este párrafo recordé el singular anuncio que un anciano envió al periódico:

“Se busca familia para cenar en Nochebuena y comer el día de Navidad. Yo podré el pavo.”

Sea real o no esta anécdota refleja a la perfección el carácter esencialmente familiar del hombre.

De hecho nadie ha nacido para estar solo, ya que el primer desarrollo biológico, nervioso y psicológico del niño necesita de los demás, que otros lo cuiden, lo alimenten y le enseñen, durante años, antes de que pueda valerse por sí mismo.

Después de esta primera socialización en el hogar vendrá la integración con la sociedad y con ella la madurez humana. Por qué la soledad es antinatural y negativa hasta el punto de impedir el reconocimiento propio, ya que no hay yo sin tu. Ese tu es siempre un alguien con rostro, un semblante que nos escucha y nos habla, una persona es lo primero que contempla el niño al reconocer a su mamá antes que a sí mismo.

Propongámonos fortalecer a la familia como eje de la sociedad. Nuestro quehacer todo, está enfocado a hacer más sólidos los matrimonios de todos por medio del esfuerzo. Cada uno luchará por fortalecer su matrimonio para hacer de nuestra familia una verdadera comunidad de amor.

Las relaciones interpersonales forman al hombre y propician su desarrollo que se rige por el amor, la amistad y la justicia. El amor da origen a la forma más natural posible y primaria de toda sociedad: la familia. Antes que ciudadano, el hombre es un miembro de una familia.

Entre los rasgos esenciales de la familia están: la comunidad de vida, los lazos de sangre, una unión basada en el amor y cuatro fines de máxima importancia: enseñarles a los hijos que Dios nos ama y que nosotros hemos de corresponder a ese amor mediante una vida recta, proporcionar a nuestros hijos los bienes necesarios para sus vidas, criarlos y educarlos conforme una recta conciencia y enseñarles a ser lo que Cristo pensó al establecer el matrimonio como una célula activa dentro de la sociedad.

Las crisis que viven hoy las familias requieren momentos de honda reflexión entre los esposos, una formación cristiana más sólida y motivaciones que los acerquen a aquello que Cristo pensó al establecer el Matrimonio como uno de los Sacramentos.